NO ERA EL MÁS RÁPIDO, TAMPOCO EL MÁS FUERTE, NI SIQUIERA EL MÁS HABILIDOSO CON EL BALÓN EN LOS PIES NI, POR SUPUESTO, EL MÁS TÉCNICO, PERO RAÚL GONZÁLEZ BLANCO FUE EL AMO Y SEÑOR DEL SANTIAGO BERNABÉU DURANTE DIECISÉIS AÑOS DE MÁXIMA EXIGENCIA. RAÚL, EL SIETE ETERNO, EL HOMBRE QUE RETIRÓ A UNA LEYENDA COMO EMILIO BUTRAGUEÑO Y QUE ELEVÓ A LA MÁXIMA POTENCIA LA MÍSTICA DE UN DORSAL VESTIDO POR MITOS COMO JUANITO O AMANCIO AMARO, FUE DURANTE MÁS DE TRES LUSTROS EL VALOR MÁS FIABLE EN UN VESTUARIO DONDE PASABAN LOS AÑOS Y LOS JUGADORES, PERO RAÚL PERMANECÍA, INALTERABLE, EN LA PUNTA DE UN ATAQUE QUE COMPARTIÓ CON LOS MEJORES DELANTEROS DEL PLANETA FÚTBOL.
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EL REY DE LA REGULARIDAD
Lento en apariencia pero veloz de mente; siempre bien colocado, con un instinto «asesino» sin parangón. Esforzado y luchador, zurdo cerrado aunque de pequeño hay quien asegura que era diestro y una lesión le obligó a manejar la pierna izquierda como si de la derecha se tratara. Fuerte físicamente, incansable y competitivo hasta la médula. Nunca daba un balón perdido. Perfecto conocedor de los gustos de una afición como es la del Santiago Bernabéu, siempre supo conectar con la grada, con la que mantuvo durante toda su carrera en el Paseo de la Castellana, una conexión especial. Su principal virtud fue la regularidad a un nivel muy alto.
El primero que supo ver todas esas virtudes fue Jorge Valdano. El entrenador argentino, exdelantero del club, fue quien le dio la alternativa. El técnico se la jugó a una carta. Cuando decidió que Raúl viajara con el primer equipo para jugar contra el Real Zaragoza en La Romareda, el por entonces canterano formaba parte de la plantilla del tercer equipo de la entidad, el Real Madrid C, que jugaba en la Tercera división. Pasar de los campos de tierra, de las gradas junto a la línea de cal y de los horarios matutinos con apenas doscientos o trescientos espectadores siguiendo el partido a un estadio repleto en Primera división no es fácil ni para el jugador ni para el entrenador que decide asumir un enorme riesgo, más en una entidad donde no se perdonan los errores. A Valdano no le tembló el pulso y alineó a un chico en edad juvenil, diecisiete años, y que encima, en su primer partido se hartó de fallar goles. Cualquier otro hubiera desistido y mandado de vuelta a los campos de tierra al «niño». No fue el caso de Valdano. No se equivocó. A la semana siguiente, en el derbi de la capital, un partido de máxima rivalidad ante el Atlético de Madrid, volvió a poner a Raúl. Y esta vez el «niño» no falló. Le marcó un gran gol al equipo con el que había comenzado a jugar al fútbol. Ese día, 5 de noviembre de 1994, comenzó la leyenda de Raúl en el Real Madrid. El gol al Atlético fue el primero de los trescientos veintitrés que hizo con la camiseta del Real Madrid, una marca que le convierte en el máximo realizador blanco de todos los tiempos.
En la tabla de goleadores supera a monstruos como Alfredo Di Stéfano, con trescientos tres; Carlos Alonso Santillana, Hugo Sánchez y dos de los artilleros más voraces de la historia del fútbol: el húngaro Ferenc Puskas, la leyenda de Budapest, y Cristiano Ronaldo, con el que compartió su último año en el club, al que cedió su «Siete» el día que abandonó el Paseo de la Castellana rumbo a Alemania y, posiblemente, el único futbolista que puede llegar a superarle. Muchos de esos trescientos veintitrés goles fueron la obra de un «killer silencioso». Raúl estaba sin estar en el área, siempre atento al rechace del arquero contrario, esperando su oportunidad con la paciencia de un monje medieval.
LOS RÉCORDS QUE CONSIGUIÓ VESTIDO DE BLANCO
La trayectoria de Raúl con la camiseta blanca está repleta de hitos. Larga y exitosa, es el futbolista que más veces ha vestido la camiseta blanca, con setecientas cuarenta y una comparecencias. Una carrera que fue cogiendo velocidad según pasaban las temporadas y que alcanzó su máximo punto de cocción entre 1998 y 2002. En esos cuatro años, el Real Madrid conquistó tres Copas de Europa, dos Copas Intercontinentales y una Supercopa de Europa, además de una Liga y una Supercopa de España.
La explosión a nivel internacional tuvo lugar el 20 de mayo de 1998, en el Amsterdam Arena. La entidad de Concha Espina no ganaba la orejona desde 1966, cuando un plantel formado exclusivamente por jugadores españoles y al que la prensa bautizó como el Real Madrid Ye-Ye, levantó, en el estadio Heysel de Bruselas la sexta Copa de Europa de la entidad. Eran los años de los Beatles y, desde entonces, el Real Madrid, acumulaba fracaso tras fracaso. Una pesada losa que parecía imposible levantar… hasta la noche del 20 de mayo de 1998.

En un abarrotado Amsterdam Arena, un gol del montene-grino Pedja Mitajovic acabó con una sequía que martirizaba a una entidad que nunca se acostumbró a leer en los periódicos o ver en la televisión las gestas de otros. En la capital de Holanda, Raúl sacó por primera vez su capote a torear. Fue su forma de celebrar un título que se festejó en Madrid.
La victoria, además, se consiguió ante un rival que en ese momento parecía netamente superior: la Juventus de Turín. La Vieja Señora disputaba su tercera final consecutiva y en sus filas se alineaban hombres como Del Piero, Edgar Davids o Inzaghi pero, sobre todo, con la blanqui-negra destacaba Zinedine Zidane, el mejor futbolista de los últimos veinte años. Es más que posible que el francés decidiera ese día fichar por el Madrid y formar parte del «Mejor Club del Siglo XX», según la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFHHS).
Unos meses más tarde, en Tokio, el Real Madrid recuperaba otro de los trofeos que considera suyos por derecho de origen: la Copa Intercontinental. El Madrid había ganado en 1960 la primera edición de la competición ante el Peñarol de Montevideo. Casi cuatro décadas después, un gol antológico de Raúl, que fue bautizado como el aguanís, devolvió al club el título de campeón del Mundo. La entidad que Santiago Bernabéu transformó en una potencia planetaria se reconcilió ese día con su historia.
UN REAL MADRID GALÁCTICO
La proeza del 98 dio alas a la institución durante cinco temporadas memorables en los que la entidad se transformó profundamente. La llegada a la presidencia de Florentino Pérez en julio de 2000 supuso un cambio radical en la forma de entender la gestión de un club de fútbol. Florentino trazó un plan en el que el terreno de juego y los negocios iban de la mano. Una idea revolucionaria que empezó a hacerse realidad cuando al Santiago Bernabéu empezaron a llegar futbolistas de la talla de Figo y el propio Zidane. Lo curioso, y también lo que hace al fútbol una actividad completamente distinta a las demás, es que Florentino ganó las elecciones a la presidencia del Real Madrid tan solo un par de meses después de que el equipo conquistara en París la segunda Copa de Europa en tres años. El rival, en esta ocasión, fue el Valencia. Los blancos arrasaron a su «enemigo doméstico» por un contundente 3-0, gol de Raúl incluido. Semanas más tarde, Florentino ganaba las elecciones y se iniciaba la Era de los Galácticos.
Figo, Zidane, Beckham y Ronaldo formaron, en los años siguientes, el núcleo duro de un proyecto que tuvo su momento cumbre en 2002, con la conquista de la Novena Copa de Europa, con goles de Raúl y Zidane, y la victoria en la Intercontinental ante el Olimpia de Asunción paraguayo. La Galaxia blanca acabó como acabó porque las cuentas de resultados y el césped no suelen cuadrar demasiado bien en la mayoría de las ocasiones. Raúl fue, en todos esos años, el «galáctico doméstico», el jugador de la casa que mantenía la bandera del antiguo Madrid en conexión con el nuevo modelo.

La descomposición de la Galaxia pasó factura a todos. Raúl no fue ajeno a ello. Poco a poco su estrella se fue apagando hasta que la llegada de Jose Mourinho al banquillo blanco en 2010 supuso su salida de la entidad con destino a Alemania, donde firmó dos años en los que se convirtió en el ídolo de la afición del Schalke 04. Con el equipo «minero» ganó la Copa de Alemania, el único entorchado que le faltó por conseguir en España.
LA ESPINA DE LA SELECCIÓN
De todos modos, el no haber ganado nunca la Copa del Rey no es la espina que, seguramente, más atormentó a Raúl. Su principal piedra en el camino fue no ganar nunca nada con España. Con La Roja jugó ciento tres partidos entre su debut en Praga en 1996 y su último duelo, ante Irlanda del Norte en Belfast en 2007. Entre medias, le dio tiempo a jugar las Eurocopas de 2000 y 2004 y los Mundiales de 1998, 2002 y 2006.
Raúl siempre fue un jugador determinante con la camiseta nacional. Un futbolista que tuvo su momento en la Eurocopa de 2000 y en el Mundial de 2002. En la primera, un penalti lanzado a las nubes por él mismo impidió al equipo dirigido por José Antonio Camacho romper el «maleficio» de los cuartos de final; y dos años más tarde, en el campeonato en el que mejor rindió con España, los cuartos de final volvieron a ser una barrera infranqueable para un equipo inmerso en un complejo histórico. Para España, hasta la llegada de Luis Aragonés en 2008, el intento de acceder a semifinales era poco menos que emprender la escalada al Himalaya con zapatillas deportivas en los pies. En Corea y Japón volvió a repetirse la historia en 2002. España cayó y Raúl perdió la mejor oportunidad de trasladar a la camiseta roja su gran trayectoria con la blanca.
El fiasco del Mundial de Alemania en 2006 dejó herido al «siete» y el inicio de la clasificación para la Eurocopa del 2008 le tocó de muerte. Luis Aragonés decidió prescindir del jugador ante el clamor popular, pero el veterano técnico tenía una idea en la cabeza y fue fiel con ella hasta el final: los tiempos habían cambiado y La Roja, de la mano del Sabio de Hortaleza, se había subido a ellos. Raúl salió de la selección en el peor momento para él. Meses más tarde, España conquistaba la Euro de Austria y Suiza y enterraba los fantasmas históricos para siempre. Raúl, en ese momento, debió entender que su mejor época ya había pasado. Prolongó su tiempo unos años más, en el dorado retiro del fútbol catarí, pero el mejor Raúl, ese que elevó el número siete del Real Madrid en sinónimo de victoria y lucha sin cuartel, tardó en bajarse del barco. Aún así, el último ídolo de una hinchada que ha visto jugar a todos los grandes del fútbol es un niño del barrio de Villaverde que bien pudo ser del Atlético de Madrid: Raúl González Blanco.
UN MITO BLANCO… CON PASADO ROJIBLANCO
Símbolo del madridismo pero jugador de la cantera del Atlético de Madrid. La historia del fútbol español pudo ser muy diferente si Jesús Gil, presidente del club del Manzanares en los años ochenta y noventa, no hubiera cometido un error garrafal: desmantelar la cantera de la entidad alegando problemas económicos. En el equipo infantil jugaba en ese momento un niño llamado Raúl. El año en el que Gil suprimió la base del club, el infantil rojiblanco había terminado la temporada invicto y con su delantero marcando más de sesenta goles. Cuando los equipos inferiores echaron el cierre, Raúl cruzó la acera y entró en el Real Madrid. El resto ya es historia.
