Pelé, «O Rei» del fútbol

Pelé, «O Rei» del fútbol

CAMPEÓN DEL MUNDO CON TAN SOLO DIECISIETE AÑOS, UNA EDAD EN LA QUE MUCHOS CHAVALES ESTÁN TERMINANDO SU PASO POR EL INSTITUTO; BICAMPEÓN A LOS VEINTIUNO, UNOS AÑOS EN LOS QUE EN MUCHOS PAÍSES NO SE ERA AÚN MAYOR DE EDAD; CAMPEÓN DE AMÉRICA Y DEL MUNDO DE CLUBES POR PARTIDA DOBLE. GOLEADOR DE 1.282 GOLES, MÁS QUE NADIE EN LA HISTORIA DEL FÚTBOL; 760 DE ELLOS EN PARTIDOS OFICIALES Y 522 EN AMISTOSOS; AUTOR DE 127 GOLES EN 1959; 110 EN 1961; FUTBOLISTA CAPAZ DE MARCAR OCHO GOLES EN UN MISMO PARTIDO, EL JUGADO ANTE EL BOTAFOGO EL 21 DE NOVIEMBRE DE 1964; DE FIRMAR EN HASTA SEIS OCASIONES CINCO GOLES EN UN MISMO PARTIDO; TREINTA VECES CUATRO TANTOS Y EN 192 DUELOS HACER UN «HAT-TRICK». POR SI TODO ESO FUERA POCO, ES EL ÚNICO FUTBOLISTA DEL MUNDO QUE TIENE EN SU PALMARES TRÉS CAMPEONATOS DEL MUNDO. EL CURRICULUM DE EDSON ARANTES DO NASCIMENTO, MÁS CONOCIDO POR «PELÉ», ES SENCILLAMENTE DEMOLEDOR. NO EXISTE ABSOLUTAMENTE NADA IGUAL EN LA HISTORIA DEL FÚTBOL. DIOS DEL FÚTBOL… A LOS DIECISIETE.

 

Hay jugadores que maduran tarde, que explotan futbolísticamente hablando ya a una edad tardía y aún les da tiempo a labrarse una carrera legendaria. Fue el caso, por ejemplo, de Alfredo Di Stéfano, que siempre fue un enorme jugador pero no ascendió a los altares del fútbol hasta que fichó por el Real Madrid, ya con la veintena muy avanzada. O el de Zinedine Zidane, un prodigio desde niño pero que no explotó hasta 1998, cuando Francia ganó el Mundial, ya con veintiséis años. El caso de Pelé es paradigmático por todo lo contrario. Con tan solo diecisiete años ya estaba en la cima del planeta fútbol. La foto del portero de la selección canarinha, Gibar, sacando a hombros del estadio Rasunda, en Solna (Suecia), a un jugador, apenas un niño que no puede contener las lágrimas es todo un símbolo. Pelé fue un grande desde casi la cuna. Un genio que acaba con el debate de si los grandes futbolistas se hacen o nacen. El ejemplo de Pelé acaba con cualquier tipo de discusión: los jugadores que marcan diferencias simplemente nacen. Después, con el paso del tiempo, se van haciendo aún mejores si ello llega a ser posible. Edson Arantes Do Nascimento nunca escondió sus cartas. Fue un prodigio desde pequeño, desde que en la escuela, por falta de dinero, jugara al fútbol a pie pelado, sin zapatilla alguna que le protegiera. Por eso, sus compañeros empezaron a llamarle Pelé, un apodo que nunca le terminó de gustar demasiado.

En su casa, en cambio, le llamaban Dico. Era hijo de Joao Ramos, un futbolista del Fluminense y Atlético Mineiro conocido en los ambientes futbolísticos como Dondinho, y de María Celeste Arantes. A pesar del pasado oficio de futbolista del padre, en la casa nunca hubo demasiado dinero. Pelé, incluso, empezó a trabajar como aprendiz de zapatero a pesar de que el talento con el balón en los pies se le iba cayendo a chorros. A la madre, María Celeste, no le gustaba demasiado que a su hijo le llenaran la cabeza de pájaros de fútbol. No le parecía un oficio serio. Quizá le pesaba demasiado la mala situación económica familiar, a pesar de que el padre había llegado a militar en la estructura de clubes de primer nivel. Waldimir do Brito, que había formado parte del plantel brasileño que había competido en el Mundial de 1934, se fijó en aquel chaval, que ya mostraba todas las cualidades que le convertirían pocos años más tarde en un trueno imparable. Pelé siempre fue el mismo tipo de jugador. Un futbolista colosal, con un don descomunal e innato para el gol. Edson Arantes vivió un perpetuo idilio con la portería contraria. Es el mayor goleador de todos los tiempos. La FIFA le reconoce mil doscientos ochenta y dos goles, más que nadie en la historia. Puskas, Romario, Kocsis, Eusebio y en los tiempos actuales hombres como Cristiano Ronaldo o Messi tienen que levantar la cabeza y comprobar que, en las alturas, mora Pelé.

 

«JOGO BONITO» PEGADO A LAS BOTAS

Pero aquel chico al que en su barriada llamaban Dico era mucho más que el mejor goleador de todos los tiempos. Pelé, ante todo, se divertía jugando al fútbol. El jogo bonito nace en sus botas. Genial driblador, pasador fuera de serie, hacedor de paredes imposibles, dominador de recursos técnicos nunca vistos hasta ese momento sobre un terreno de juego; rápido como una centella, oportunista, inteligente en los movimientos tácticos y, sobre todo, un inventor en toda la extensión de la palabra. Pelé llevó al fútbol a otra dimensión, varios escalones por arriba de lo que había sido hasta ese momento. Brasil le debe el noventa por ciento de su fama como potencia futbolística.

Waldimir Do Brito seguramente no vio todas esas cualidades en aquel adolescente, pero tiene el enorme mérito de haber sido el primero en adivinarlas. Seguramente, el veterano futbolista soñó alguna vez con tener en sus manos al jugador perfecto. Pelé lo era. Como los grandes, no tuvo problema en adaptarse ni en el Santos ni en la selección de Brasil.

Cuando debutó pareciera que llevara toda una vida allí, entre algunos jugadores que le doblaban la edad. Sin miedo alguno, haciendo diabluras desde el primer momento. Con el descaro del que se sabe singular. A la disciplina del peixe había accedido en 1955, con tan solo catorce años. Poco después estaba ya jugando con el primer equipo. Su bautismo de fuego oficial, tras pasar tan solo unos meses haciendo tablas de ejercicios para fortalecer un cuerpo de niño demasiado flaco aún para la práctica del fútbol profesional, fue ante el Timao, el Corinthians, el 7 de septiembre de 1956. Un día especial para la historia del fútbol.

 

Pelé, un referente para todos los brasileños
Pelé, un referente para todos los brasileños

 

Un año más tarde, jugando un torneo en Maracaná, llamó la atención de Vicente Feola, seleccionador brasileño, un hombre que vivía en ese tiempo con la carga que suponía el intentar llevar a Brasil hasta la conquista de su primer Campeonato del Mundo y borrar la tragedia que había supuesto la final perdida en Maracaná ante Uruguay en el Mundial de 1950. Para todo el país, levantar la por entonces copa Jules Rimet era una prioridad. El sueño de toda una nación comenzó a hacerse realidad cuando Feola contempló al prodigio de apenas dieciséis años. Sin pensarlo demasiado, dio la alternativa a Pelé en el mismísimo Maracaná en un partido de la Copa Julio Roca ante Argentina. Era el 7 de julio de 1957.

 

LA DEUDA LA PAGA… UN NIÑO

Un año después, Brasil se proclamaba campeona del Mundo por primera vez, saldando su deuda histórica. Feola llevó a Suecia un auténtico equipazo a la lejanísima Suecia. En el avión viajaba, quizás abrumado ante la responsabilidad y por encontrarse entre leyendas como Djalma o Nilton Santos, Zagallo, Didí, Garrin-cha, Vavá o Pepe, con el que Pelé compartiría muchas noches de gloria con el gran Santos de los años sesenta, uno de los mejores clubes de siempre no solo en Brasil, sino en todo el mundo. Si aquello le asustó, a Pelé no se le notó en absoluto.

Feola desembarcó en Escandinavia al frente casi de un ejército de cruzados, de conjurados en pos del título. Pelé iba en la expedición como una apuesta personal del director técnico, que lo había elegido en el lugar de un futbolista consagrado como era Luizao, estrella del Corinthians. El torneo comenzó con victoria ante Austria, pero empezó a ponerse cuesta arriba tras empatar con Inglaterra. En ese punto, el grueso de los seleccionados se reunieron con Feola para instarle a que pusiera a Pelé. El director técnico cedió y le puso ante la Unión Soviética. La verdeamarelha pasó a cuartos, donde dejó en la cuneta a un buen equipo como era la Gales de John Charles. Pelé hizo un gol magistral al galés Jack Kelsey. En semifinales esperaba la Francia del mejor jugador del Mundial, Raymond Napoleón Kopa, y del mejor artillero, Just Fontaine. Pelé acabó con ese gran combinado galo con su primer triplete. En la final, los brasileños, ocho años después de Maracaná, no perdonaron. Suecia se adelantó ante su público. Un gol que despertó los fantasmas de Ghiggia y Schiafino, pero Brasil no estaba por la labor. Un gol de hemeroteca de Pelé, el del globo al zaguero Gustavsson, certificó una victoria por 5-2. En ese punto de la historia, el sueco Sigge Parling solo pudo asegurar que «hubo un momento que hasta tenía ganas de aplaudir». La victoria en el Mundial abrió de forma oficial el reinado de Brasil en el planeta fútbol. Un dominio que hoy en día sigue plenamente vigente.

Cuatro años más tarde, en Chile y esta vez bajo la dirección de Aymore Moreira, los brasileños repetirían triunfo. En esta ocasión, el gran protagonista del campeonato fue Garrincha. La fama que por aquel entonces ya tenía Pelé (en el periodo entre Mundiales había marcado más de trescientos goles) hizo que los defensas se emplearan contra él con extrema dureza. Salvó el partido inaugural contra México, pero en la segunda jornada, ante Checoslovaquia, con la que apenas dos semanas más tarde se jugarían el torneo, recayó de una lesión. Sin Pelé, que hizo lo imposible por estar en condiciones de llegar para el último partido, tomaron el relevo el citado Garrincha y Amarildo, un futbolista sensacional que hizo carrera en Italia, en el Milan. Moreyra supo mover las fichas que disponía en Chile de forma magistral. Adivinó pronto que, sin Pelé, el mejor sistema posible era un 1-43-3. Aquello convirtió a la verdea-marelha en una potencia imparable.

 

EXHIBICIÓN EN LA LIBERTADORES

La decepción de no haber sido una pieza clave en el segundo Mundial de su historial la conjugó pronto con el triunfo en la Copa Libertadores de ese mismo año. El Santos fue el primer club brasileño en proclamarse campeón de América. La entidad brasileira inauguró con ese triunfo la mejor época de su dilatada historia. Pelé lideraba un equipo en el que sobresalían futbolistas excepcionales como Pepe, Dorval, Pagao y sobre todo Coutinho, con el que el astro se entendía a la perfección. Dirigidos por Lula, un técnico que supo canalizar todo ese talento individual en beneficio del colectivo, el equipo de Vila Gelmiro derrotó, para proclamarse rey de América, al Peñarol, gran dominador del fútbol sudamericano por aquel entonces, y en el que jugaba un hombre como el ecuatoriano Alberto Spencer, el máximo goleador de la competición. Doblegado el Peñarol, el siguiente reto fue la Intercontinental, con el Benfica como rival. El Santos venció en Brasil por 3-2 a unas águilas lisboetas que volaban a una altura casi inalcanzable gracias a la calidad y pujanza de su gran estrella, Eusebio.

La vuelta en el viejo Da Luz supuso una de las mayores exhibiciones de todos los tiempos: el Santos ganó por 2-5, con cuatro tantos de Pelé. Una auténtica barbaridad.

Al año siguiente se repitió la historia. Un Santos imparable derrotó al Boca Juniors argentino para proclamarse campeón de América y poco después hacía lo propio con el Milan para llevarse la Intercontinental. En los rossoneros jugaban «tipos» como Rivera o Amarildo. Los «jefes» de Europa nada podían ante el potencial del peixe.

Al Mundial de Inglaterra Brasil llegó pleno de confianza. Demasiada. Una pésima planificación y la sensación de que, con pisar el campo, los rivales iban a caer derrotados, propició la eliminación de Brasil en la primera fase del torneo. La Portugal de Eusebio firmó el finiquito. Cierto es que Pelé, una vez más, fue víctima del juego extremadamente duro que se estilaba en el fútbol de la época. La derrota mundialista, la primera desde la Batalla de Berna, en 1954, cuando Brasil cayó ante la Hungría de los Magiares mágicos, fue una conmoción.

Parecía que el punto y final de la «era Pelé» había tocado a su fin. Pero nada más lejos de la realidad. Durante los cuatro años siguientes el genio siguió ganando títulos con el Santos y batiendo récords en apariencia insuperables, entre ellas su gol número 1.000, el 19 de noviembre de 1969, ante el Vasco de Gama. El terreno para lo que iba a ocurrir tan solo unos meses después, durante el Mundial de México, estaba abonado.

 

REYES DEL MUNDO EN MÉXICO

El torneo azteca supuso el tercer entorchado para Brasil y para Pelé. Tres títulos en cuatro ediciones. Zagallo, que había sido compañero del astro doce años antes, durante la conquista del primer título, era el director técnico de un equipo formidable que contaba con una característica que lo hacía completamente distinto al resto de selecciones: jugaba con cinco «dieces» en el once titular: Rivelino, Gerson, Jairzinho, Tostao y el propio Pelé. Aquello les hacía imparables. Brasil se llevó el Mundial de calle. En la final batieron a Italia por 4-1 pero entre tanta excelencia, Pelé se empeñó en hacer de cada partido un acontecimiento. En su recorrido estelar, protagonizó tres jugadas que ilustran desde entonces las hemerotecas de todos los aficionados al fútbol del mundo. Su cabezazo al suelo y parada memorable de Gordon Banks, el meta inglés apodado Banca de Inglaterra, es la primera de ellas. Su lanzamiento desde el centro del campo ante Checoslovaquia. Y el gol que nunca fue gol ante Uruguay, con su memorable autopase delante de un portero de categoría como era Mazurkiewicz. Y todo ello visto en color, porque México-70 fue el primer Mundial que pudo seguirse por televisión en color.

Tras el triplete azteca, en el que Pelé hizo el gol cien de Brasil en los Mundiales, la carrera del genio encaró el ocaso. Los últimos años los jugó en Estados Unidos, en las filas del Cosmos, un equipo concebido para popularizar el fútbol en el gigante norteamericano. No pudo elegir mejor embajador. Pelé es para el fútbol lo que Einstein para las ciencias. Un genio sin parangón. Un hombre que trascendió las fronteras deporte para ser un ídolo de dimensión global. Posiblemente no ha habido otro como él. Si es el mejor o no de todos los tiempos, es solo una cuestión de gustos. Para la inmensa mayoría del planeta fútbol, lo es.

 

Pelé en su última etapa como futbolista, ya en el Cosmos
Pelé en su última etapa como futbolista, ya en el Cosmos

 

 

EL FUTBOLISTA QUE PARO UNA GUERRA

La fama de Pelé era tan enorme que él solo fue capaz de parar una guerra en Nigeria. En los años setenta, el Santos aprovechaba al máximo el tirón de sus figuras organizando giras por todo el mundo. En apenas, unos años, jugaron partidos en 59 países diferentes. El 4 de febrero de 1969 jugaban en Nigeria, que en ese momento estaba inmersa en la llamada «Guerra de Biafra», que terminó siendo una catástrofe humanitaria. Pero lo que parecía imposible lo consiguió Pelé. Ese 4 de febrero, las armas callaron para respetar la presencia de «O Rei» en el país. Un gesto que demuestra el poder del fútbol como «arma» de paz.

 

 

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