Del Piero, Alessandro Il Grande

Del Piero, Alessandro Il Grande

EL 20 DE MAYO DE 1998, LA JUVENTUS DE TURÍN AFRONTABA SU TERCERA FINAL DE LA COPA DE EUROPA CONSECUTIVA. HABÍA GANADO LA DISPUTADA EN 1996 ANTE EL AJAX (1-0) Y HABÍA PERDIDO LA JUGADA ANTE EL BORUSSIA DE DORTMUND (3-1) EN 1997. EL RIVAL EN ESTA OCASIÓN ERA EL REAL MADRID, ENTRENADO POR JUPP HEYNCKES. LOS BLANCOS LLEVABAN TREINTA Y DOS AÑOS SIN GANAR SU COMPETICIÓN FETICHE. LAS CALLES DE ÁMSTERDAM SE LLENARON DE HINCHAS DE DOS CLUBES HISTÓRICOS QUE SE PROFESABAN UN RESPETO REVERENCIAL. EN LA «JUVE» JUGABAN FUTBOLISTAS DE LA TALLA DE ZIDANE, INZAGHI, DAVIDS O DESCHAMPS, PERO EN LAS CALLES DE LA «VENECIA DEL NORTE» LOS SEGUIDORES DE LA JUVENTUS SOLO COREABAN UN NOMBRE: EL DE ALESSANDRO DEL PIERO, UN JUGADOR AL QUE PRÁCTICAMENTE HABÍAN VISTO NACER CON LA CAMISETA DE LA «VECCHIA SIGNORA» Y QUE DOS AÑOS ANTES HABÍA SIDO CRUCIAL EN LO QUE TODOS LOS AFICIONADOS AL FÚTBOL ITALIANOS CONSIDERABAN EL MEJOR AÑO DE LA HISTORIA DE UN CLUB LEGENDARIO. EL REAL MADRID GANÓ LA «SÉPTIMA», PERO EL IDILIO ENTRE LA «VIEJA DAMA» Y EL JOVEN CABALLERO SALIÓ DEL AMSTERDAM ARENA REFORZADO.

 

UN TIPO INTELIGENTE

La historia de amor había comenzado cinco años antes, en 1993. Giampero Boniperti, leyenda ‘juventina’ y máximo goleador de la historia del club hasta que el propio Del Piero le desbancó, fue su valedor. Le había visto jugar en un club menor, el Calcio Padova, y a pesar de ser un futbolista flaco y tener ausencia total de músculo, consideró que tenía la clase y el carácter suficiente para defender la histórica camiseta de Turín. Boniperti sabía de lo que hablaba. Había jugado en el equipo de los Agnelli toda su carrera deportiva, desde 1946 hasta 1961. Su filosofía se resumía en una única y lapidaria frase: «Ganar no es importante, es la única cosa que cuenta».

Del Piero entendió el mensaje con la rapidez de los tipos inteligentes. No hizo falta que se lo repitieran dos veces. Ganar casi sin pausa fue lo que Del Piero hizo en la Juventus. Defendió su camiseta en setecientos cinco partidos, en los que jugó 48.365 minutos, marcó doscientos ochenta y nueve goles y ganó dieciocho trofeos, según la cuenta «oficiosa» que cualquier aficionado juventino hace y en la que aparecen los títulos retirados por sanción. La Juve fue el club de su vida y por el que llegó a pagar un anuncio a página completa en La Gazzetta dello Sport el día en el que renovó su contrato con un eslogan que hizo historia: «Un caballero nunca abandona a una dama».

Pinturicchio no huyó ni siquiera en los peores momentos de la historia del club, cuando la Juve fue sancionada con la retirada de los títulos de Liga de 2005 y 2006 y el descenso a la Serie B tras el caso de corrupción bautizado como Calciopoli, y que estuvo auspiciado por el director general de la entidad, Luciano Moggi. El escándalo de corrupción fue una puñalada en el corazón de un club centenario. El terremoto provocó la desbandada de futbolistas. Nadie quería jugar en la Serie B y en un equipo demolido por la investigación judicial y con un futuro más que incierto.

 

Del Piero siempre fiel a su Juventus de Turín
Del Piero siempre fiel a su Juventus de Turín

 

Del Piero fue de los pocos que aguantó a pie firme. Ese mismo verano de 2006 se proclamó campeón del Mundo con Italia, el cuarto entorchado de la Nazionale tras los conseguidos en 1934 y 1938. Aún siendo campeón del Mundo, con su prestigio por las nubes, fue fiel y jugó en la Segunda italiana. Lo hizo para devolver a su Juventus al lugar que nunca debió abandonar. Efectivamente, un caballero jamás abandona a su dama. Entre el «año fundacional» de Del Piero en la entidad, en 1996, y el momento de catarsis vivido diez años después donde, ironías del destino, convergieron casi en el mismo espacio de tiempo lo que parecía ser el certificado de defunción de la Vecchia Sígnora con el mayor éxito que puede tener un futbolista al proclamarse campeón del Mundo, transcurrió una década mágica para el club de los Alpes en los que Pinturicchio fue el eslabón que nunca faltó en la cadena de los éxitos.

 

LUCES Y SOMBRAS

Ese año 1996 está grabado a fuego en la memoria de cualquier juventino. Del Piero resultó primordial en la que posiblemente fue la mejor temporada de la historia del club. Once años después de la negra noche de Heysel, la Juve volvió a una final de la Copa de Europa para ganarla. Fue ante el Ajax. Con el triunfo se puso punto y final moral al desastre que había costado la vida a treinta y nueve seguidores en Bruselas, cuando una horda de hooligans del Liverpool provocó una avalancha que dejó sobre la grada decenas de cadáveres, la mayoría de seguidores juventinos. Ese mismo año, los italianos ganaron Supercopa de Europa y Copa Intercontinental al derrotar al River Plate.

Después vendrían tres finales de Copa de Europa perdidas, la gran decepción de la final de la Eurocopa de 2000, cuando un gol de oro de Trezeguet privó a Italia de ganar su segunda Eurocopa; la victoria en un Mundial que la Nazionale ganó a la vieja usanza, fiando su fortuna a la solidez de sus zagueros; el descenso a la Serie B como castigo por la corrupción que otros urdieron en despachos y cenas con glamour; el retorno entre los mejores del Calcio por la vía rápida y la restitución del honor que significó la conquista del Scudetto en la temporada 2011/2012.

 

Del piero se dispone a lanzar un penalti
Del piero se dispone a lanzar un penalti

 

Del Piero lo ha vivido todo, lo ha sido todo en el fútbol en general y en la Juventus en singular. Es el máximo goleador de la historia de la Vieja Dama y también el jugador que más veces vistió su camiseta, más incluso que leyendas como Scirea, Betttega o el mismísimo Dino Zoff, lo que parecía un imposible. Pero Del Piero no hubiera sido Del Piero de no ser porque en su carrera deportiva se cruzó un hombre que ejerció una influencia crucial en toda su trayectoria: Marcelo Lippi. Con Lippi al mando, Alessandro se consolidó en el primer equipo, asumió el rol de jugador importante, se hizo imprescindible; alcanzó la categoría de crack y, por si todo eso no bastara, confió en él para brindarle la oportunidad de ser campeón del Mundo. Siempre rindió al máximo bajo la batuta de Lippi, el hombre que mejor le supo entender. Ni Fabio Capello, con el que no llegó a cuajar plenamente, ni con Ancelotti ni con Roberto Donadoni en el combinado nacional jugó al nivel que lo hizo con Lippi, que fue su principal valedor y también su máximo admirador.

Alessandro no pudo terminar su carrera como futbolista en activo en la Juventus. El día que dijo adiós, en Roma, en una final de Copa que su equipo perdió ante el Nápoles, se acordó de aquella página pagada en La Gazzetta Dello Sport. Él no abandona a una dama. Fue el fútbol quien le puso la zancadilla para hacerle vivir sus últimos momentos como jugador en Australia. Del Piero, fiel hasta la médula, no quiso jugar ni en Italia ni en Europa. Para él, en el fútbol «de verdad» solo existe un equipo: la Juventus de Turín.

 

«PINTURICCHIO», UN FUTBOLISTA NADA AL USO

«Pinturicchio», como se conoce a Del Piero en Italia en referencia a un pintor del «Cuatroccento» llamado Bernardino Di Betto di Biaglio, «Pinturicchio», tiene un punto filosófico y melómano. Artista al fin y al cabo. En su página web oficial cuelga diariamente recomendaciones musicales y citas filosóficas que dan pinceladas de lo que es el mundo interior de un jugador que siempre fue diferente. No es habitual que un futbolista recomiende citas de Nietzsche o Hawkins o que te aconseje escuchar un disco de Tom Jones o grupos como Blink 182 o Robert Thicke. Del Piero no solo lo hace, sino que también es capaz de aparecer en un videoclip de Oasis, uno de sus grupos favoritos, «Lord don’t slow me clown».

 

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