Ronaldinho, la felicidad del fútbol

Ronaldinho, la felicidad del fútbol

RONALDINHO TIENE UN PALMARES DE VÉRTIGO. IMPRESIONANTE. HA GANADO MUNDIALES, LIGAS, COPAS DE EUROPA, LIBERTADORES… Y, AÚN ASÍ, LA SENSACIÓN QUE DEJA UNA TRAYECTORIA TAN FORMIDABLE ES LA DE JUGADOR QUE NO LLEGÓ TAN LEJOS COMO PUDO HABERLO HECHO. NO LO HIZO A NIVEL DE CLUBES NI TAMPOCO CON LA CAMISETA DE LA «CANARINHA», QUE HA VESTIDO CASI UN CENTENAR DE VECES, Y CON LA QUE HA GANADO TODO LO QUE SE PUEDE GANAR: UN MUNDIAL, UNA COPA AMÉRICA Y UNA COPA CONFEDERACIONES. RONALDINHO ES UN GENIO PERO, ANTE TODO, ES UN GENIO CON MATICES, UN «CRACK» INACABADO. EL GAUCHO VIVIÓ DOS O TRES TEMPORADAS DE VÉRTIGO, ESPECTACULARES. SU NIVEL DE LOS AÑOS 2004, 2005 Y 2006 NO TENÍA NADA QUE ENVIDIAR AL QUE EN SU TIEMPO MOSTRARON LOS GRANDES DE SIEMPRE.

Ronaldinho se apagó. Las razones por las que no alimentó la llama de la competitividad y la mejora diaria solo él las conoce. Lo cierto es que Ronaldinho debió elegir entre tomar el empinado sendero que conduce a la cima del fútbol o acomodarse en un espacio intermedio donde su enorme calidad le bastase para vivir bien, sin agobios y esfuerzos excesivos. Posiblemente, todo se reduce a falta de ambición. En el deporte de más alto nivel, la ambición y la competitividad son los combustibles que alimentan el hambre del deportista. Con la calidad basta para sobrevivir, no para deslumbrar. El Gaucho eligió su destino, pero en los años en los que fue y se sintió futbolista al ciento por ciento dejó para el recuerdo una cosecha difícilmente superable. Sus temporadas de mayor producción están ligadas al Barcelona, club en el que desembarcó en el año 2003 procedente del París Saint Germain. El club parisino vivía una época de transición. Ya no era el equipo plagado de buenos futbolistas en el que habían brillado años antes hombres de la talla de Weah o Ginola, pero aún estaba lejos de ser la poderosa potencia alentada por los millones de «petrodólares» desembolsados por los jeques del Golfo Pérsico, propietarios del club desde la segunda década del siglo XXI. El Parque de los Príncipes era el ecosistema idóneo para que un jugador de la calidad de Ronaldinho conociera del fútbol europeo, tan distinto al jugado en Brasil en un club de corte medio como era el Gremio de Porto Alegre, el equipo en el que comenzó su carrera con su primer contrato profesional en 1997.

Con la camiseta del PSG, Ronaldinho ganó experiencia, galones, disciplina táctica para acometer retos mayores en el Viejo Continente y, sobre todo, fama de gran jugador. En 2002 había formado parte destacada del Brasil que se proclamó campeón del Mundo en el primer Mundial disputado en Asia, en Corea y Japón. Ese torneo fue el de la coronación como rey de Ronaldo, pero en esa canarinha, entrenada por un técnico rocoso y serio como Luiz Felipe Scolari, destacó sobremanera Ronaldinho Gaucho, hasta entonces casi un desconocido. Su actuación en Corea y Japón fue magnífica, hasta el punto de ser elegido en el once ideal del torneo. Ronaldinho dejó para el recuerdo un fenomenal gol a Inglaterra y un puñado de detalles de gran calidad. Eran otros tiempos y formar parte de la selección pentacampeona del Mundo no es algo que esté al alcance de cualquier jugador.

 

UN FICHAJE ILUSIONANTE

Por eso, su fichaje por el Barcelona no fue tarea fácil. En dos años en París, el brasileño había pasado de ser un futbolista con buenos informes a un gran jugador. En la Ciudad Condal su evolución fue exponencial: de gran jugador a futbolista con pretensiones de entrar en el Big Four. Hasta su desplome fulgurante. Joan Laporta desembolsó treinta millones de euros para hacerse con sus servicios. Barcelona le recibió como un héroe. Eran los tiempos en los que el eterno rival, el Real Madrid, arrasaba en el mercado internacional llevando hasta el Paseo de la Castellana a jugadores como Luis Figo, arrebatado al propio Barcelona de forma traumática, o Zinedine Zidane. Y aún estaban por llegar otros miembros de la Galaxia como Ronaldo, que también había vestido la camiseta azulgrana, o el inglés David Beckham, el futbolista-empresa.

El Madrid, además, había ganado la Copa de Europa el año antes en Glasgow. El fútbol tenía en ese comienzo del siglo XXI unos tintes muy blancos. Era el equipo de moda y todo apuntaba a que los tiempos duros podían prolongarse para el Barcelona poco menos que indefinidamente. En ese contexto, Ronaldinho fue recibido como un mesías, el hombre que debía cambiar el curso de los ríos, mover montañas y devolver al club azulgrana, al menos, la posibilidad de luchar de tú a tú con su enemigo ancestral.

Hizo mucho más que todo eso. Ronaldinho enganchó directamente con una afición deseosa de un ídolo que les devolviera la ilusión. En el Camp Nou los futbolistas brasileños siempre han dado buenos resultados. Romario, Ronaldo y Rivaldo habían abonado el terreno no hacía muchos años. Un brasileño en Barcelona es sinónimo de buen rendimiento y espectáculo. Ronaldinho, el cuarto de esa estirpe de fantasistas, debutó ante el Athletic de Bilbao con la camiseta azulgrana. En su segundo partido, ante el Sevilla, marcó su primer gol. La grada lo celebró como si en ello le fuera la vida, tantas eran las ganas de ver triunfar al nuevo ídolo después de unos años difíciles en el club blaugrana. Frank Rijkaard, el entrenador que le acogió en Barcelona, era el técnico ideal para conducir el carácter alegre y quizás poco comprometido del brasileño. Hombre curtido como jugador en los vestuarios de grandes clubes como el Milan y de la selección holandesa, Rijkaard era técnico de espíritu relajado, partidario de dar margen de maniobra a los futbolistas.

A Ronaldinho aquella filosofía le encajaba a la perfección. Rijkaard, alentado por la directiva y por una hinchada que idolatraba al jugador, dio el mando a Ronaldinho y construyó un equipo que giraba prácticamente al ciento por ciento en torno a un futbolista con libertad total para moverse dentro del campo. En ese Barcelona estaban ya jugadores como Xavi, Víctor, Deco o Eto’o, y empezaban a tener minutos y responsabilidad Leo Messi y Andrés Iniesta. Palabras mayores.

El equipo funcionó a la perfección durante tres temporadas. En ese espacio de tiempo, el Barcelona acabó de forma fulminante con la hegemonía del Real Madrid. La Galaxia de Florentino Pérez descarriló, entre otras cosas porque Ronaldinho se empeñó en llevar al tren azulgrana hasta la cúspide de la pirámide. Sin embargo, por difícil que sea de entender, el punto culminante de su trayectoria no fue la final de la Copa de Europa disputada en el estadio de Saint Denis en el París donde había comenzado a jugar en el Viejo Continente un lustro antes, ante el Arsenal de un viejo zorro de los banquillos como Arsene Wenger. El Barcelona levantó al cielo de la noche parisina la segunda Copa de Europa de su historia. Ese fue el punto álgido del proyecto del Barcelona en torno a Ronaldinho.

 

Ronaldinho, con su compañero Deco en el Barcelona
Ronaldinho, con su compañero Deco en el Barcelona

 

AQUELLA OVACIÓN EN EL BERNABÉU

El día cumbre de su carrera llegó el 19 de noviembre de 2005. Ese día, el Santiago Bernabéu le despidió con una gran ovación y con la hinchada del enemigo histórico puesta en pie. La exhibición del Gaucho posibilitó un hecho con un solo precedente: el aplauso que aquel mismo estadio había propinado a Diego Armando Maradona el 26 de junio de 1983, cuando en un partido de la extinta Copa de la Liga «Dios», vestido de culé, hizo de las suyas y se atrevió a regatear en la misma raya de gol a un defensa blanco de nombre Juan José y estampa jesucrística. Fue un gol memorable, para el recuerdo de los buenos amantes del fútbol.

Copa de Europa y ovación en el Santiago Bernabéu, como si de un pack se tratara, tuvieron lugar en la temporada mágica 2005-2006, la última a gran nivel del genio.

Después, como si los éxitos hubieran saciado repentinamente su hambre, se fue apagando a gran velocidad, como una vela privada de su alimento principal, el oxígeno. El Barcelona se descompuso ante la mirada atónita de Rijkaard, que superado por las circunstancias y el fracaso sin paliativos de la «autogestión» tuvo que dar paso a Pep Guardiola. Y la primera decisión del nuevo entrenador fue prescindir de Ronaldinho. Guardiola, buen conocedor del vestuario y de la ciudad, tenía el convencimiento íntimo de que el mejor momento del Gaucho ya había pasado.

Salió rumbo a Milán, donde fue acogido como un héroe en un abarrotado San Siro el día de su presentación, pero pronto se comprobó que el jugador que había llegado a la ciudad del Duomo y los Sforza era el de la última etapa en Barcelona, no el que poco tiempo antes había maravillado. Aún así, los genios suelen guardarse un último truco sobre el escenario. Son imprevisibles.

Tras salir por la puerta de atrás de San Siro y hacer de las suyas en las noches de Río de Janeiro y pasar con más pena que gloria por un histórico del fútbol brasileño como es Flamengo, la estrella de Ronaldinho pareció apagarse definitivamente hasta que fichó por un conjunto menor en su país, el Atlético Mineiro. Sin presión, en el ambiente relajado que siempre le vino como anillo al dedo, Ronaldinho levantó uno de los pocos grandes trofeos que le quedaban: la Copa Libertadores.

A lo largo de la historia solo cinco futbolistas han sido capaces de ganar Champions y Libertadores: Cafú, Roque Junior, Sorín, Dida y Tévez.

 

Ronaldinho, con la elástica del Milan
Ronaldinho, el año que vivió en San Siro con la elástica del Milan

 

EL DÍA QUE BERLUSCONI LE PIDIÓ QUE FUERA «SERIO»

A Ronaldinho Gaucho la noche le confunde. Su fama de jugador excepcional corre pareja a la de trasnochador empedernido. Tanto en Barcelona como en Milán y en Río de Janeiro, donde debe de ser más que complicado controlarse sin salir de fiesta nocturna, Ronaldinho tuvo fama de juerguista y de hombre al que tanto el fútbol como la samba le cuadraban a la perfección, por imposible que pueda parecer. Cuenta la leyenda que Berlusconi le recriminó en su segunda temporada en San Siro a «ser serio».

Deja una respuesta