Johan Cruyff, el tulipán de oro

Johan Cruyff, el tulipán de oro

HAY UN ANTES Y UN DESPUÉS DE JOHAN CRUYFF. EL FÚTBOL DE LOS AÑOS SETENTA ESTÁ MARCADO POR LA ESPIGADA FIGURA DE UN FUTBOLISTA QUE, COMO UN ALQUIMISTA MEDIEVAL, TRANSFORMÓ EN ORO TODO LO QUE TOCÓ, TAL ERA SU FACILIDAD PARA JUGAR AL FÚTBOL A UN NIVEL POCO VISTO HASTA ENTONCES. EL AJAX DE AMSTERDAM, EL BARCELONA Y LA SELECCIÓN DE HOLANDA EXPERIMENTARON UNA TRANSFORMACIÓN SIDERAL EN EL MOMENTO EN QUE EL «FLACO» COMENZÓ A VESTIR SU CAMISETA. AJAX Y HOLANDA, DESPUÉS DE QUE CRUYFF, PASARÁ POR ELLOS, OBTUVIERON LA VITOLA DE GRANDES. AL BARCELONA, SIMPLEMENTE, LE RESUCITÓ.

 

SUS INICIOS EN AMSTERDAM

Las grandes historias suelen tener un comienzo modesto. La de Hendrik Johannes Cruijff empezó a escribirse a tan solo medio kilómetro del viejo estadio del Ajax de Amsterdam, un club que, a principios de los setenta, no era absolutamente nadie en el mundo del fútbol. Cruyff era hijo de un frutero que había establecido a su familia en los aledaños del estadio Olímpico, la casa ajaccied hasta la inauguración del flamante Amsterdam Arena en 1996. Con diez años superó las pruebas de acceso al club gracias a que su madre, que trabajaba en el servicio de limpieza de la entidad, logró que le hicieran unas pruebas. Las superó entre más de trescientos candidatos. Un buen comienzo. En las categorías inferiores empezó a ser observado por dos hombres a los que no era fácil que se les escapara un talento como el suyo, y que resultarían fundamentales en su trayectoria. El inglés Vic Buckingham, un veterano técnico que estuvo vinculado en dos etapas diferentes con el club de Amsterdam era uno de ellos. Él fue quien recomendó el debut de Cruyff en el primer equipo con solo diecisiete años. El otro personaje determinante fue Rinus Michels, con el que estuvo vinculado durante la mayor parte de su vida deportiva tanto en el Ajax, como en el Barcelona y la selección holandesa. El maestro había desembarcado en un club cuya aspiración era no descender. Michels tenía una idea del fútbol en la cabeza diferente y revolucionaria. Cruyff era el futbolista ideal para plasmarla sobre el terreno de juego. El viejo zorro apenas lo dudó. Dio a Cruyff todos los galones necesarios y este le correspondió desde el inicio. Cuando firmó su primer contrato profesional en compañía de Piet Keizer, otro producto de la cantera, daba comienzo una historia diferente y apasionante. Con Cruyff, el Ajax puso patas arriba el modesto fútbol del país de los tulipanes y, en un tiempo récord, se convirtió en el gran dominador del Viejo Continente al ganar tres Copas de Europa consecutivas y hacerlo, además, provocando un auténtico seísmo futbolístico.

La propuesta del Ajax campeón de Europa entre 1971 y 1973 significó la antesala de la exhibición que la selección holandesa protagonizó un año más tarde durante el Mundial de 1974, un campeonato que el combinado orange mereció ganar y que terminó perdiendo al doblar la rodilla ante la poderosa Alemania de Franz Beckenbauer y Gerd Torpedo Müller. A los holandeses se les bautizó con un nombre que hizo fortuna: La Naranja Mecánica. Tanto el Ajax de principios de los setenta como la Holanda del 74 compartían un estilo de jugar al fútbol basado en el movimiento constante de todos los jugadores, la presión en todas las zonas del campo y la posesión del balón. Era un estilo patentado, con denominación de origen y Cruyff, el director de orquesta idóneo.

 

Un joven Cruyff en el Ajax
Un joven Cruyff en el Ajax

 

EL INVENCIBLE AJAX

El nuevo concepto de fútbol convirtió al Ajax en un equipo prácticamente invencible, fortuna que, sin embargo, no acompañó a la selección, que arrastra desde entonces una leyenda de «malditismo» que no ha logrado erradicar. El club de Ámsterdam disputó cuatro finales en cinco años. Perdió la primera, cuando el proyecto aún no estaba maduro, y fueron arrollados por el Milan, en 1969. Al año siguiente, la Copa de Europa se la llevó el Feyenoord, el gran rival del Ajax, que se convertía de esa manera en el primer club holandés en conquistar el título. La proeza de los hombres de Rotterdam supuso un aguijón en el corazón ajaccied que se clavó aún de forma más profunda cuando el avión que traía al Feyenoord desde Milán se vio obligado a aterrizar con la Copa en el aeropuerto de Amsterdam.

Tras levantar por fin la Copa de Europa el año siguiente ante el Panathinaikos, la afrenta «holandesa» fue vengada sobradamente tan solo dos años después. Cruyff lideró la conquista de la segunda orejona para el Ajax en un partido ante el Inter que el destino quiso que se disputase en el estadio De Kuip, el feudo del Feyenoord.

Así se escriben las pequeñas historias en el fútbol. La tercera final consecutiva se jugó en Belgrado, ante la Juventus. Otra victoria y traspaso al Barcelona por una cantidad récord en la época: sesenta millones de pesetas, una auténtica barbaridad.

 

BARCELONA Y HOLANDA RESUCITADOS

La llegada al club azulgrana vino precedida de una enorme polémica: al Ajax había llegado a un acuerdo con el Real Madrid para vender a su estrella, pero a Cruyff nunca le gustó que nadie le impusiera nada. Se negó a vestir de blanco y en su lugar fichó por el máximo rival de los madridistas. El Barcelona, en el momento en que el holandés aterrizó en el aeropuerto, vivía inmerso en una enorme crisis deportiva que se traducía en una racha de catorce años sin ganar la Liga. Cruyff llegó y besó el santo: un título de Liga y un legendario 0-5 en el Santiago Bernabéu marcaron su trayectoria en un club donde se le venera y al que, años después, volvería a transformar desde la posición de entrenador al inventarse el Dream Team, un formidable equipo que conquistó para la entidad la primera Copa de Europa de su historia. Durante su estancia en la Ciudad Condal seguramente se acentuaría el carácter rebelde de un jugador que siempre fue protagonista dentro y fuera de los terrenos de juego.

 

Cruyff, ejerciendo de capitán con la selección holandesa
Cruyff, ejerciendo de capitán con la selección holandesa

 

Su trayectoria con la selección holandesa estuvo repleta de brillantes momentos que la orange ni siquiera ha soñado con repetir desde entonces, pero también de polémicas y conflictos extradeportivos que contribuyeron a agrandar la fama de Cruyff como jugador diferente a todos los demás. Sin duda alguna, el momento cumbre de su periplo internacional fue el Mundial de 1974. Holanda llegó a tierras germanas siendo una Don Nadie. Los holandeses habían tenido una participación muy discreta en las ediciones de Italia-34 y Francia-38 y después desaparecieron del mapa hasta la irrupción de la Naranja Mecánica. En un recorrido memorable dieron buena cuenta de Uruguay, Bulgaria, Suecia, Argentina, Brasil y Alemania Democrática. Cuando saltaron al césped del Olímpico de Munich para disputar la final ante Alemania, el mundo se frotaba los ojos con estupefacción. Fueron los mejores, pero la famosa frase del inglés Gary Lineker de que «el fútbol es un deporte que juegan once contra once, y en el que siempre ganan los alemanes» empezó a cobrar sentido ese día.

 

REBELDÍA EN EL ADN

Después vendría el Mundial de 1978, en Argentina. Holanda partía como favorita tras su exhibición cuatro años atrás, pero fueron otra vez subcampeones… jugando sin Cruyff. El crack se negó a jugar el campeonato como medida de protesta por la dictadura militar que en esos momentos gobernaba con puño de hierro el país sudamericano, y que causó miles de muertos. Su negativa a jugar fue una auténtica conmoción. Ernst Happel, el seleccionador, intentó convencerlo hasta el último instante, e incluso se recogieron miles de firmas en una campaña bajo el lema de Trek Cruyff over de streep (Convence a Cruyff). No hubo manera. ¿Qué hubiera pasado en Argentina si Cruyff hubiera jugado? La pregunta queda en el aire. Con el paso del tiempo, sin embargo, fueron llegando otras respuestas que intentaban explicar las razones del plante del Holandés volador. Se aseguró que Cruyff no estaba dispuesto a pasar largos periodos de tiempo concentrado; que todo se reducía a un conflicto comercial entre la marca de ropa patrocinadora de la selección y la personal de la estrella; e incluso que meses antes del evento Cruyff y su familia habían sufrido un intento de secuestro y que la experiencia traumática le había obligado a renunciar. Lo único seguro es que Cruyff no jugó, y Holanda fue subcampeona del Mundo por segunda vez consecutiva.

Tras el Mundial, la estrella del holandés pareció apagarse. Fichó por varios clubes estadounidenses de escaso nivel y regresó a España para vestir los colores del Levante, curiosamente idénticos a los de su querido Barcelona, pero cuando todo apuntaba hacia un retiro tranquilo, retornó a Holanda y, genio y figura hasta el último día, puso la Eredivisie patas arriba. Volvió al Ajax, el club donde había comenzado tantos años atrás, y ya siendo un ilustre veterano conquistó dos Ligas y una Copa más.

Faltaba el último capítulo, su postrero saludo sobre el escenario, su toque de rebelde final: fichar por el Feyenoord, el eterno rival ajaccied. Allí, en la portuaria Rotterdam, colgó Cruyff las botas. Era tan buen jugador y al mismo tiempo tan rebelde e inconformista que se permitió el lujo de decir adiós al fútbol vistiendo la camiseta del «enemigo». Y encima, lo hizo siendo designado mejor jugador del campeonato holandés y ganando la Liga y la Copa, torneos que levantó casi veinte años después de ganar su primer título.

 

CON EL 14 A LA ESPALDA

El mundo del fútbol identifica el número catorce con Johan Cruyff, pero si esto sucede así no es más que por una casualidad. El caso es que el 30 de octubre de 1970, en un partido ante el PSV Eindhoven, uno de los clásicos rivales del Ajax en el campeonato holandés, Cruyff reaparecía tras una larga lesión. Su número habitual, el nueve, estaba siendo utilizado por Gerrie Muhren, por lo que optó por lucir el catorce. Le fue bien y a partir de ese momento, empezó a jugar siempre con ese dorsal en la espalda. El gesto supuso una revolución, porque en aquellos años no existían los dorsales personalizados.

Deja una respuesta