Roberto Baggio, la «divina coleta»

Roberto Baggio, la «divina coleta»

LA HISTORIA DE ROBERTO BAGGIO ESTÁ, EN GRAN MEDIDA, COMPUESTA DE INSTANTES, DE MOMENTOS QUE CONFORMAN EL PUZZLE VITAL DE SU VIDA. «IL DIVINO CODINO», LA «DIVINA COLETA», COMO LE RENOMBRARON EN EL «CALCIO» POR LA CABELLERA RECOGIDA EN UNA TRENZA CON LA QUE SOLÍA SALTAR A LOS TERRENOS DE JUEGO, ESTÁ MARCADO, SOBRETODO, POR DOS MOMENTOS CRUCIALES, DOS HECHOS QUE TRANSFORMARON SU FORMA DE ENTENDER LA VIDA Y EL JUEGO.

 

AQUEL MALDITO PENALTI…

El primero de ellos y el más conocido pero no el más importante es el decisivo penalti que Robertino lanzó a las nubes en la final del Campeonato del Mundo disputado en Estados Unidos en 1994. Baggio había sido uno de los protagonistas indiscutibles del torneo, uno de los jugadores más desequilibrantes de un campeonato que, sin embargo, no será recordado por la calidad ni el nivel de su juego.

Como suele suceder cuando se trata de Italia y un Mundial, La Nazionale había comenzado su periplo por tierras estadounidenses a un nivel muy flojo. Ya les había sucedido en el Mundial de España-82, y Dino Zoff terminó levantando la Copa del Mundo al cielo de Madrid. Una historia conocida. En Estados Unidos iban por el mismo camino tras una desastrosa primera fase en la que pasaron como terceros de grupo y casi de milagro. Después, poco a poco, los italianos fueron cogiendo carrerilla y, entre todos ellos, emergió la figura de un Roberto Baggio, en aquel momento en el apogeo de su carrera y figura indiscutible de la Juventus de Turín. Baggio, como Paolo Rossi doce años antes, empezó a marcar goles y decidir partidos tras haberse pasado toda la primera fase poco menos que sesteando. Dos de esos tantos sirvieron para tumbar a la sorprendente Bulgaria de Stoichkov, Penev e Ivanov en semifinales y otro en la ronda anterior, a España, en la prórroga. Al último partido, Italia llegaba plena de moral. Dirigidos por Arrigo Sacchi, el reinventor del fútbol total en el Milan, y con un grupo plagado de jugadores formados en los arcanos de San Siro como Maldini, Franco Baresi, Massaro o Donadoni, la azurra tenía argumentos suficientes como para soñar con ganar su cuarto entorchado y romper el empate con Brasil, su rival aquella tarde en el Rose Bowl de Los Ángeles. El fútbol, siempre amante despechado, reservó el penalti decisivo para Baggio, el mejor tirador, el jugador con más clase de toda Italia. Lo tiró a las nubes y Brasil se proclamó campeón.

 

Roberto Baggio en el mundial de Italia
Roberto Baggio en el mundial de Italia

 

El segundo de esos instantes que marcaron su vida fue, sin duda, el más trascendente y también el menos conocido. El joven Baggio, sexto hermano de una familia numerosa de ocho, asombraba en las categorías inferiores del Vicenza, un modesto equipo por aquellos años sumido en las catacumbas de la Serie C. En ciento veinte partidos había marcado ciento diez goles, y eso había supuesto tarjeta de presentación suficiente para que, con quince años, debutara con el primer equipo y que un club de primer nivel como la Fiorentina se comprometiera en su contratación. Todo marchaba viento en popa cuando Baggio, apenas un niño, se lesionó de extrema gravedad, situación aún más complicada al tratarse de un percance en plena etapa de formación física y futbolística. Estuvo dieciocho meses fuera de los terrenos de juego, sin la garantía de poder jugar al nivel que había dejado vislumbrar en sus primeros pasos como futbolista. En esta tesitura, la Fiorentina hizo honor a su palabra y espero la recuperación del jugador. Baggio no olvidó jamás aquel gesto del club viola, al que siempre estuvo agradecido y al que dedicó cinco de los mejores años de su trayectoria. La Fiorentina fue su puerta de entrada al fútbol de élite. Debutó con el primer equipo en la máxima categoría del fútbol italiano en 1986, en un partido ante la Sampdoria, para después jugar en todos los clubes italianos que cuentan con Copas de Europa en sus vitrinas: Juventus, Milan e Inter. Entre los tres grandes sumó nueve años al más alto nivel.

 

UN «NUEVE Y MEDIO»

En el Artemio Franchi marcó sus primeros treinta y nueve goles en la Serie A. Su cuenta goleadora se estiraría hasta los doscientos cinco, una gran marca que en toda la historia del fútbol italiano solo ha sido superada por cinco jugadores: Piola, Nordahl, Meazza, Totti y Altafini. Baggio siempre hizo goles, pero nunca fue un goleador. Michel Platini, del que muchos aseguraron que Baggio era su heredero en Turín, le definió de forma enigmática: «Baggio no es un nueve, pero tampoco un diez. Pienso que es un nueve y medio». Quizá sea la descripción más exacta que se ha podido hacer del juego de un futbolista que siempre destacó por su inteligencia dentro de la hectárea de césped, sus movimientos entre líneas y su talento con el balón en los pies. Su fútbol era puro instinto. Suplía con inteligencia y concepto del juego su falta de corpulencia, algo importante en un fútbol tan físico y exigente como el italiano. Otra característica de Baggio fue su capacidad para reinventarse, de no dar nunca su brazo a torcer a pesar de que las lesiones, desde aquella original jugando con el Vicenza en las profundidades del Calcio italiano, siempre fueron inseparables compañeras de viaje. Resistió la irrupción del gran Del Piero en la Juventus y cuando se marchó camino de San Siro lo hizo bajo las protestas de los aficionados juventinos por su venta. Tal y como había sucedido cuando los dirigentes de la Fiorentina le pusieron en la carretera en dirección a Turín. Contar con el apoyo incondicional de la hinchada es siempre un aval inmejorable.

 

Baggio en la Juventus
Roberto Baggio conduciendo el balón en una de sus temporadas con la Juventus

 

En Milán compartió vestuario con Weah y Savicevic, dos monstruos que venían de despedazar al Barcelona en la final de la Copa de Europa de 1994, que significó el fin del Dream Team de Johan Cruyff. Y, tras cambiar de acera y defender los colores del eterno enemigo, el Inter, y vivir un duro enfrentamiento con el entrenador, Marcelo Lippi, apostó por comenzar de nuevo en un equipo menor como el Bolonia, con el que fue capaz de firmar las mejores cifras goleadoras de su carrera deportiva. No se conformó e inició una nueva etapa en el Brescia, otro club sin nombre y sin brillo en el palmarés. Baggio, listo como Maquiavelo, el autor de El Príncipe, prefirió la tranquilidad de una ciudad de provincias al oropel de los grandes clubes continentales. Su estancia en la pequeña ciudad del norte terminó con su camiseta retirada. Tal fue su influencia. Con Italia le quedará siempre la espina del penalti enviado al olimpo de los dioses en la tanda fatídica de Los Ángeles, pero su peso dentro del combinado nacional fue extraordinario y su palmarés, más que respetable: el subcampeonato en Estados Unidos-94 y un tercer puesto en el Mundial en el que Italia había ejercido de anfitriona, cuatro años antes. Es el único jugador que ha marcado goles en tres Mundiales diferentes para Italia, y sus nueve tantos mundialistas igualan los que logró otra leyenda de las áreas trasalpinas como fue Paolo Rossi. Lo malo para Baggio es que su periplo con la selección, que comenzó el 16 de noviembre de 1988 ante Holanda, terminó de forma abrupta en 2002. Trapattoni, el seleccionador del momento, en medio del clamor popular que le reclamaba en la convocatoria mundialista, no le incluyó en la lista y lo justificó con un lacónico: «Baggio es un campeón y los campeones no necesitan caridad». Seguramente que la Divina Coleta, budista confeso, hombre tranquilo y aficionado a la meditación, no tomó en cuenta el comentario. Su reino nunca fue de este mundo.

 

VENERADO EN LA CIUDAD DEL ARTE

La huella que Roberto Baggio dejó en la ciudad de Florencia fue tan profunda y mutua que, jugando con la Juventus en el Artemio Franchi tras haber sido traspasado al club de Turín poco tiempo antes, se negó a tirar un penalti contra su exequipo. Baggio, ante el asombro general, aseguró que el meta «viola» le conocía demasiado, pero lo cierto es que, finalizado el partido, Baggio fue aclamado por los que fueran sus seguidores entre 1985 y 1990, los mismos que el día en el que la directiva de la «Fiore» vendió a su ídolo, protagonizaron como protesta una ola de incidentes sin precedentes en la ciudad de Miguel Ángel.

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